IMAGEN PRIMERA DE GALVÂO
El azar, dicen los franceses, hace bien las cosas. El azar nos ha traído,
en este dulce mediodía de septiembre carioca, a un almuerzo –a
ese feliz ritual brasileño de la feijoada- en casa de un matrimonio amigo
de nuestro cicerone en la cidade maravilhosa, el formado por el escultor Joâo
Carlos Galvâo, y por Hetty Goldberg, propietaria de una tienda de muebles
de diseño. Apartamento luminoso y en orden, próximo a la cristalina
Lagôa, y al Botánico: espacios mágicos ambos, que a lo largo
de estos días nos han atraído como imanes. La naturaleza, como
tantas veces en esta tierra, casi se mete por las ventanas. Y hete aquí
que descubro a este artista, Galvâo, nacido aquí, en Rio de Janeiro,
en 1941, y su muy sugerente obra, inscrita en el horizonte de la geometría
brasileña. Ahora, poco más de un año después, una
amiga común, la incansable Marita Segovia, expone a Galvâo en Madrid,
y me pide unas líneas de presentación.
Para entender a Galvâo, lo primero a lo que hay que hacer referencia,
es al rico paisaje de esa geometría brasileña, tal como se ha
ido desarrollando a lo largo de ya más de sesenta años. Una geometría,
por de pronto, variopinta. No son lo mismo Samson Flexor, con su background
rumano a cuestas, o Almir Mavignier, discípulo de Max Bill e integrado
desde hace décadas a la escena alemana, que Helio Oiticica o Lygia Clark
o Lygia Pape y su deriva tropicalista. No es lo mismo Amílcar de Castro
con el acero cortén, que el Alfredo Volpi de las bandeirinhas. No es
lo mismo el Cícero Dias tardío, expuesto por Denise René,
que nuestro amigo Macaparama y sus mínimos relieves, hace poco objeto,
por cierto, de una preciosa muestra madrileña. No es lo mismo un escultor
como Franz Weissmann, tan próximo a Oteiza, que un pintor como Milton
Dacosta, que parece partir de la metafísica chiriquiana. Geometría,
la brasileña, que dialoga a menudo con la arquitectura: ahí, como
en el vecino Venezuela, existe un sostenido cultivo de lo que Carlos Raúl
Villanueva llamaba “la integración de las artes”. Geometría
que tiende puentes hacia otros campos, incluida la poesía: esa generación
de concretos fifties que lideraron los paulistas Augusto y Haroldo de Campos.
Galvâo, que es una de las grandes figuras de esa escena geométrica,
es adepto del relieve. Los tiene blancos, en clave espacialista, sutil teatro
de sombras, dentro de una tradición inaugurada por el maravilloso precursor
que fue Ben Nicholson. Los tiene en otros colores: rojos, amarillos, negros,
verdes, azules Yves Klein. Con algo de juguete, uno polícromo, de 1998.
Bastante a menudo, y esto nos acerca al Botánico, Galvâo deja la
madera vista –con sus pequeñas imperfecciones: “¿para
qué evitarlas”, se pregunta-, una madera que invita al tacto, como
invitan los sensuales muebles de Sergio Rodrigues. Por ese lado de la madera
cruda va, por ejemplo, un relieve sin título, de 1975, de la colección
del MAM de Rio. Otras veces, Galvâo sustituye la madera por el mármol
o la cerámica. Sus relieves son por lo general fruto de la yuxtaposición
de pequeñas piezas. Orden, y a veces, sobre todo estos últimos
años, caos, y un cierto sentimiento de lo barroco, lejos de sus primitivas
estructuras de repetición. Hace ya muchos años que el propio artista
va por ahí: hacer “un arte rigurosamente construido, pero por pura
intuición”. Él podría suscribir aquello de Braque:
“Amo la emoción que corrige la regla”. Todo esto, aun siendo
de raíz geométrica, nos conduce lejísimos de una geometría
fría. Tampoco son frías las columnas de Galvâo, de resonancias
totémicas. Ni sus murales, como uno en mármol, de 2003, en una
residencia particular paulista. Ni sus pinturas, con algo de mosáico
multicolor. Estamos ante un creador, a la postre, muy brasileño, muy
de este país que en todo momento exalta la curva: cuerpos, plantas, frutas,
muebles de Sergio Rodrigues, edificios de Oscar Niemeyer, jardines de Roberto
Burle Marx…
Manejo el muy cuidado libro-catálogo, encuadernado en tela, que recoge
lo principal de la producción de Galvâo. El volumen, de 2007-2008
–así consta en el mismo-, lo edita el sello Aprazível, responsable
de algunas de las mejores realizaciones brasileñas de estos últimos
años en el campo del libro de arte. Se abre con una frase del artista,
frase que acentúa todavía más la nota intuitiva, y que
por lo bien que suena, dejo en portugués: “Hoje, eu busco na geometria
muito mas: a expresividade e a sensualidade; jamais o rigor”. Tomo nota
de la prolongada estancia de Galvâo en París, entre 1966 y 1970.
De su participación en la Bienal de Sâo Paulo de 1967, así
como en la de 1973. De sus contactos con Jean Cassou, con Victor Vasarely, con
Yvaral, con Antonio Asís, con François Baschet el de las structures
sonores, con el madi uruguayo Carmelo Arden Quin, y sobre todo con otro brasileño,
Sergio Camargo, que fue quien le enseñó el camino del relieve.
De su presencia en alguna colectiva en torno al op art o en torno al propio
Arte Madi; y en otra de la citada Denise René sobre el arte construido
y cinético latinoamericano; y en una muestra de nuestros amigos paulistas
de DAN Galeria, de título bien significativo, Arte concreta e neo-concreta,
da construçâo a desconstruçâo; y en varias ediciones
del veterano Salon des Réalités Nouvelles de París, en
el que en su día expusieron Jacinto Salvadó y Eusebio Sempere.
En la monografía en cuestión, encuentro un breve pero enjundioso
ensayo introductorio de Leonel Kaz., que en una frase elíptica define
la personalidad cordial del artista: “consigue al mismo tiempo producir
obras y producir amigos”. También figuran otros textos, en plan
antología crítica. Textos de, entre otros, Paulo Klein, Walmir
Ayala o el llorado Roberto Pontual. También hay uno de un colega y amigo
del artista, Gonçalo Ivo, pintor carioca afincado en la capital francesa,
y con quien estoy en contacto –así con su padre, el gran poeta
Lêdo Ivo- gracias precisamente al mismo fotógrafo –el paulista
Sergio Guerini- que el año pasado nos llevó a casa de los Galvâo.
En una fotografía de 1981, veo a Galvâo, en Buenos Aires, en compañía
de otro amigo común, el sutil pintor Alejandro Puente. En otra, comparece
con otro artista brasileño, Abraham Palatnik, autor de singulares máquinas.
Y así sucesivamente: lugar de Galvâo en la galaxia de los geómetras,
brasileños y no-brasileños. Invirtiendo un lugar común
sobre nuestro vecino Portugal, diremos: Brasil, tan lejos y tan cerca.
JUAN MANUEL BONET