RAFAEL HERNÁNDEZ: PROPUESTA ARTÍSTICA
QUE NOS PUEDE ENSEÑAR A VER
Claro está que existe una variopinta tipología del artista plástico
contemporáneo. No me refiero al espectro resultante del amplio abanico
de tendencias a las que pueden adscribirse ni del seguimiento de los "ísmos"
cuyos flecos estiran unos y otros en consonancia con lo directriz escogida.
Apunto más bien a la diferencia de actitud ante el hecho de dedicarse
a fa práctica de eso que Llamamos "el arte". Pues si bien los
hay quienes se afanan en "estar al día", sujetándose
a las coyunturales doctrinas estéticas o a las modas que cíclicamente
impone el mercado, también -por fortuna- cuentan otros cuya rebeldía
a las recetas les ha convertido, indefectiblemente, en francotiradores. Son
los que se aíslan para poder "crear", esto es, alumbrar sus
procesos creativos internos desde la libertad de quien no tiene dependencias
ni se halla preso de cualquier concesión. A esta espécimen de
artista resistente, en perpetua crisis, que a buen seguro haría suyas
las palabras de Günter Brus: "Soy, luego intento hacerme", corresponde
Rafael Hernández.
Dada su poliédrica personalidad, a este hombre difícilmente se le puede encontrar una específica localización por la sencilla razón de que su aventura individual no se ajusta a lo lógica. ¿Cómo podría ser encuadrable en definiciones acuñadas un artista que no sigue una evolución lineal? ¿Qué etiqueta colocar a quien va y vuelve sobre sí mismo, en constante evolución? ¿En qué escuela encasillar a un artista recurrente, de repentinos cambios de registro? ¿Cómo constreñir la iconografía extraída de los complejos vericuetos de su psiquismo con epítetos por muy posmodernos que sean?
Rafael Hernández no se alinea con modelos sacralizados porque no quiere verse prisionero de la comodidad de los programas establecidos o del formulario avalado por las momentáneas hegemonías. Como, para él, el problema del estilo sencillamente no es un problema, deja que sus imágenes caminen a la búsqueda de su forma. Y en ese laborar constante, sembrado de obstinados ensayos, se aboca ¬atrincherado en la tensa espera de la afloración de las formas - a la provocación de "apariciones", a una extraversión de su polimórfico mundo, sin miedo al riesgo, buceando en sus vivencias sabiéndose sólo deudor de sus convicciones.
Los dibujos y pinturas que nos motivan no son una gramática para la narración; por el contrario se nos revelan como corporeizaciones de campos de efectos metafóricos, cuyo basamento ha de explorarse en un flujo/reflujo creativo que imbrica elementos de la doble realidad interior y exterior. De tal manera que en la sutil mixtura entre figuración y abstracción que su autor nos ofrece en un espacio sin dimensiones, podemos "leer" autorrefencialidades y repristinaciones de lo contradictorio o lo ambiguo, en ese sinuoso juego de descubrimiento -o de reencuentro- con los propios fantasmas que hay que recuperar, bien sea para exorcizarlos o revitalizarlos. Dicho sea de otra manera: moviéndose en la fragilidad de un territorio movedizo, inestable, con su arte hace acto de existencia.
En esta muestra la línea tiene un gran poder de sugestión por su capacidad de desencadenar el disparo visual del espectador; gestualidad en ocasiones de ritmo caligráfico que parece haber adquirido una fuerza motriz, dinámica. Rafael Hernández arranca con sus dibujos automáticos -procedimiento básico de sus creaciones-, ahuyentando ideas preconcebidas, liberando el inconsciente del control consciente, sin pensamiento dirigido, de tal modo que la silueta -instintiva, rítmica a veces- se convierta en vehículo del mecanismo psíquico. Con ella, traza elementos mínimos, signos y formas (algunos de ellos, seleccionados, serán "recuperados" para "fundirse" en el contexto cromático de sus pinturas), que a veces se multiplican, repiten o aparecen seriados. Son sus personajes (sometidos a un proceso de esquematización - hombres/estrella, hombres/percha -), letras, nubes, árboles, números, caras, aparatos mecánicos, animales, casas, manos, objetos inútiles...
Dada la insistente profundización en sus planteamientos, Rafael Hernández lleva a cabo en su obra, tanto dibujística como pictórica (toda ella impregnada de una cierta surrealidad, en la que no faltan los ingredientes del erotismo y la ironía), un permanente encabalgamiento con experimentaciones anteriores. De ahí que quienes no conocen el conjunto de sus invenciones se encuentren ante una aparente dispersión estilística que no es sino una suerte de espejismo, ya que es en el abordaje simultáneo de diferentes vías de experimentación donde radica la homogeneidad de su producción plástica.
En este proceso de gestación en continuo replanteamiento tiene lugar un mecanis¬mo compensatorio entre la inmediatez del surgimiento de ese personalísimo universo imaginativo y la contención reflexiva de la que resultará su definitivo lenguaje, inquietante y subyugador. Obra, pues, rastreada en el laberinto interior del artista, e incardinada en una obsesiva dialéctica de la reconsideración urdida con el propósito de conjugar percepción y representación. Pues, en definitiva, lo que su autor nos brinda sin falsas retóricas en estas propuestas "encadenadas", de las que brota el enigmático halo de incertidumbre, son la resultancia novedoso del hurgar sincero sobre la propia existencia.
Muestra artística - ésta que presentamos
- caracterizada por la riqueza de un imaginario complejo sustentado en la pluralidad
de sus elementos de apreciación, en la que el vocabulario sígnico
ha dejado de ser el centro de la figuración una vez trasmutado en microcosmos
para un arte de figurar, de transponer, de representar. Y que nos hace cambiar
el chip de nuestra mirada para poder ver esa realidad que se nos plantea con
otros ojos que los habituales. Rafael Hernández, a fuerza del contraste,
ha vehiculizado el intercambio de energías entre la obra y el espectador,
remitiéndonos al espacio de nuestra imaginación. Quizá
para hacernos entender así que la cultura de nuestro tiempo demuestra
la posibilidad de abrazar varias verdades a la vez.
Juan Ángel Blasco Carrascosa