Cuando todo sea desierto y en inhóspitas cuevas, apilados,
aguardemos la noche para que envuelva con su manto de sueño al despiadado
Rey Lagarto. Cuando ya solo usemos las monedas para hacer señales en
la distancia con la luz que desprecia la Luna y cuando el fracaso de nuestros
dioses sea ya tan estrepitoso que volvamos a implorar al Sol y la Lluvia, tal
vez, entonces, comprendamos que nos engañaron los grandes luminosos de
las avenidas y las operadoras telefónicas, que nos engañó
el rígido rostro del dólar y los semáforos y las infinitas
estanterías repletas de latas de conserva maravillosamente hacinadas.