Jacobo Banet.
Mayo 2006
Diosas y reinas
Un cuartito para la maya,
que no tiene manto ni saya.
Un eurito para la maya,
que es guapa y galana.
Después de que Calderón cantara a las ninfas del Manzanares, que tocadas con flores subían a la villa desde las riberas del río el 3 de mayo, día de Santiago el Verde, en Madrid se reinventó hace unos años la tradición de las mayas, con su fecha, su sitio y su ritual, inicio del mes de mayo y alrededor de la iglesia de san Lorenzo en Lavapiés, consistiendo la ceremonia en la instalación de unos tronos o altares, presididos por unas estáticas niñas adornadas con mantones y flores, a cuyo alrededor transcurre la fiesta, pidiéndose en un plato una contribución a los visitantes.
Maya y cruz de mayo vienen a ser la expresión de idéntico rito, las dos caras de la misma moneda. Si en muchos pueblos la maya es la joven a la que se viste y se contempla, en otros se llama mayo al tronco engalanado alrededor del cual se celebra esta costumbre, o mayos al grupo musical de mozos rondadores. Pronto la iglesia lo adoptó con el nombre de Invención de la Santa Cruz; pues árbol fue la cruz en su origen, y no por otra cosa dedicó ese mes a María.
Más humildes son estas reinas o diosas presuntas hijas de la griega Maia, la mayor de las siete Pléyades, fruto de Atlas y Pléyone y madre con Zeus de Hermes, que después pasó a Roma como diosa de la tierra y la fertilidad y hasta nosotros ha llegado con su mes en la primavera, en la que algunos siguen plantando un palo en la tierra, ignorantes de su primario significado. Tan pagana es la reunión que produce una sensación de extrañeza cuando la visitas, en las estrechas calles que rodean la antigua sinagoga de Madrid.
En efecto, hay algo en la visión de esos altares que produce un desasosiego que la cámara de Jacobo Banet ha intuido y captado directamente, sin artificio. Pues en este caso a la fugacidad del propio instante reflejado en la fotografía se une la extrema quietud de lo representado, doblándose la distancia entre el espectador y el objeto artístico.
Parecen las mayas de Lavapiés un trasunto de aquellas niñas decimonónicas, peripuestas, en la dominical visita familiar, ensimismadas y ausentes del mundo de los mayores, diosas mortales de algún olvidado Olimpo, ahora transportadas a los barrios bajos de la ciudad en su papel de reinas de la fiesta. Y hay también mucho en sus rostros y posturas que me recuerda esas fotografías desvaídas de aparecidas y fantasmas que abundan en las revistas baratas de misterio; y un aire clásico e intemporal, como de retrato goyesco, no sé si intencionado o no. Pero éstas son reales.
Antonio Erena Camacho